1 de Marzo 2024 por Daniel Jorge

La yegua blanca del jeque Haditha Al-Khraisha

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Con motivo del próximo lanzamiento del libro Aventuras en Arabia, me gustaría compartir en este artículo una de las historias beduinas que William Seabrook recopiló en el susodicho título.

En su viaje a Siria en 1925, Seabrook pasó varios meses viviendo entre los beduinos como huésped de uno de sus líderes más notorios, Mizkal Al-Fayez. Este último le presentó a otro de los influyentes jeques de la región, Haditha Al-Khraisha, del que se contaban historias fabulosas. En general, los beduinos mantenían una rica tradición oral, cuyo propósito era preservar el código de honor entre las diferentes tribus. El texto que sigue ha sido extraído del libro Aventuras en Arabia, y es uno de estos fabulosos relatos que ejemplifican las leyes no escritas del desierto árabe.

La yegua blanca del Haditha Al-Khraisha

Haditha tenía una yegua blanca que le encantaba. Un jeque vecino llamado Goren, que mantenía relaciones amistosas, pero no íntimas con Haditha, admiraba la yegua y estaba ansioso por comprarla. Ofreció a Haditha trescientas libras de oro y, al comprobar que Haditha no vendería la yegua a ningún precio, le ofreció a cambio una de sus hijas, famosa por su belleza. Haditha se negó a desprenderse de la yegua. Goren le llamó entonces formalmente y le dijo: «Como no somos enemigos, el honor y la ley del desierto me obligan a advertirte que voy a hacer todo lo posible por conseguir tu yegua, aunque tenga que robarla». Haditha respondió: «Estoy advertido».

Goren esperó su momento con larga paciencia. Cuando había transcurrido más de un año ―según Mizkal, esto ocurrió en 1920―, Goren se enteró de que Haditha planeaba ir a Damasco para acordar la venta de unos camellos.

Los beduinos suelen recortarse la barba hasta dejarla corta. Goren se había mantenido fuera de la vista de Haditha, y había dejado que su barba creciera áspera y larga. Se manchó la cara con vetas de alheña y se la frotó con ceniza de estiércol de camello; después cogió un puñal y se infligió en el pie derecho una herida dolorosa, pero no peligrosa, que le haría cojear; se la vendó con un trapo viejo, de modo que la sangre se filtró e hizo una mancha; luego se vistió con ropas de mendigo y cogió un bastón.

La mañana en que Haditha debía cabalgar hacia Damasco, Goren tomó el camino delante de él y andó con su pie cojo durante kilómetros, hasta que estuvo realmente agotado, cubierto de sudor y con gran dolor. Estas precauciones podrían parecer teatrales e innecesarias, pero los ojos de los beduinos son tan agudos como los de un halcón para penetrar el disfraz o la farsa. Por lo tanto, Goren había producido en sí mismo una condición, hasta en los detalles del agotamiento y el dolor, que no era fingida, sino real. De pronto, Haditha, al galope de su yegua blanca, alcanzó a Goren, y cuando llegó a su altura, Goren se desplomó en el camino, casi bajo las patas de la yegua. Haditha, observando el vendaje ensangrentado y el agotamiento, no reconoció a Goren por la barba, la alheña, la suciedad de su rostro y la kefia que lo cubría parcialmente; se detuvo y desmontó para socorrer al caminante en apuros.

Goren se quejó de que iba camino de Damasco y de que estaba agotado a causa de la herida. Haditha hizo lo que cualquier jeque beduino haría en esas circunstancias: subió a Goren al lomo de su yegua, lo sujetó en la silla y partió hacia Damasco, él a pie, dejando que el mendigo cabalgara. Goren guardó silencio durante más de media hora, dando tiempo a que recuperaran sus fuerzas; luego dijo: «Noble jeque, tu arma pesa sobre tus hombros; cuélgala, pues, aquí, en el pomo». Era un día caluroso y un largo camino, y Haditha, sin sospechar nada, consintió. Dos o tres minutos más tarde, Goren clavó violentamente los talones en la yegua, y en tres saltos estuvo fuera del alcance de Haditha. Luego hizo girar el animal, desenganchó el rifle y volvió hacia donde estaba Haditha.

―Oh Haditha, te di una advertencia honorable.

Haditha reconoció a Goren, y replicó, muy disgustado:

―¡Oh Goren, advertido fui!

Cuando Goren se dio la vuelta para alejarse triunfante, Haditha gritó de repente. Goren giró de nuevo y volvió hacia él. Haditha dijo:

―He reflexionado. La yegua es tuya, y te prometo que no intentaré recuperarla ni con violencia ni con engaño, si me prometes lo que te pido.

―Lo prometo ―respondió Goren.

Es costumbre entre los jeques beduinos exigir una promesa y aceptarla sin decir cuál es el trato, dependiendo del honor de cada uno. Haditha dijo:

―Prometerás en nombre del Profeta, y yo prometeré lo mismo, que no diremos a nadie la forma en que obtuviste mi yegua.

―¡Lo prometo, oh jeque! Pero, ¿por qué? ―respondió Goren.

―Porque si esta historia se extendiera de boca en boca en nuestro desierto, ningún jinete se atrevería a volver a detenerse para socorrer a un herido o a un mendigo, y esto sería una vergüenza mayor que la pérdida de mil yeguas blancas.

Goren reflexionó, bajó del lomo del caballo, puso la brida en manos de Haditha y dijo:

―No puedo robar, ni siquiera después de una honrosa advertencia, a un hombre así. Haditha, debido a la herida de Goren, le ayudó a volver a la silla de montar, entraron juntos en Damasco y siguieron siendo buenos amigos.

Por supuesto, esta historia sólo muestra una parte del verdadero carácter beduino. Su código de honor es más elevado en muchos aspectos que el de cualquier país europeo[…]


Aquí acaba esta interesante historia recopilada por William Seabrook tras su viaje a Siria. En cuanto al libro, se encuentra en pre-venta en Amazon. Más adelante compartiré otros enlaces cuando esté a la venta.

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