14 de Abril 2026 por Daniel Jorge

La carrera por Dunhuang

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Corría el año 1900 en un enclave apartado en el oeste de China. Allí, el abad Wang Yuanlu llevaba años cuidando en solitario un complejo de cuevas budistas que las arenas de un desierto había ido devorando lentamente durante siglos. Wang no era un monje erudito ni un funcionario imperial. Era un hombre sencillo, autodidacta, que había encontrado en las Cuevas de Mogao (un complejo de cuevas a las afueras de Dunhuang, en el extremo occidental de China) una vocación y un hogar. Ese año, mientras retiraba arena acumulada en uno de los corredores interiores, su herramienta chocó contra algo que no era roca. Había una cavidad detrás de la pared. Wang abrió un agujero y asomó una lámpara. Lo que vio al otro lado cambiaría para siempre la historia de la arqueología y del debate sobre quién tiene derecho a poseer el pasado.

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Wang Yuanlu fotografiado en 1921 por Aurel Stein. Wikimedia Commons.

Antes de que llegue ningún europeo a esta historia, conviene detenerse en lo que Wang acababa de descubrir. Porque la Cueva 17, como se la conocería después, no era simplemente un depósito de manuscritos viejos. Era algo más parecido a una cápsula del tiempo. Apilados del suelo al techo, en un espacio de apenas tres metros de lado, había aproximadamente cuarenta mil documentos. No todos eran pergaminos sagrados. Había textos budistas, pero también taoístas y confucianos. Había escrituras en chino, en tibetano, en sánscrito, en sogdiano, en uigur, en otras lenguas que tardarían décadas en identificarse. Había contratos de compraventa, registros de deudas, documentos legales del siglo VIII. Había cartas personales que nunca llegaron a su destino, calendarios, cuentas de lavanderías, listas de inventario. Había fragmentos de textos que no existían en ningún otro lugar del mundo. La cueva había sido sellada, probablemente en el siglo XI, quizás para proteger el archivo de una invasión que nunca llegó. Durante novecientos años, el desierto hizo el resto. La oscuridad, la sequedad extrema y el aislamiento preservaron los documentos con una fidelidad que sorprendería a posteriores investigadores y eruditos. En resumen, Wang Yuanlu había encontrado la mayor concentración de manuscritos medievales jamás descubierta en Asia Central. Aunque él, en ese momento, no tenía modo alguno de saberlo.

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Cuevas del lado sur del complejo de Dunhuang. Antiguas rutas de Asia Central.

La noticia de la cueva no tardó en alcanzar oídos más preparados para interpretarla. Y entonces comenzó lo que algunos historiadores llaman, con cierta ironía, la “carrera por Dunhuang”. Aurel Stein llegó primero, en 1907. Este arqueólogo, metódico y calculador, tenía una habilidad especial para ganarse el favor de los mandarines del Imperio Qing. Sabía que Wang era devoto de Xuanzang, el monje peregrino del siglo VII que había viajado a la India en busca de escrituras budistas. Stein se aprovechó de esa devoción; se presentó a sí mismo como alguien que seguía los pasos del gran peregrino, que entendía el valor de aquellos textos mejor que ningún funcionario local. Wang, que había intentado sin éxito alertar a las autoridades provinciales sobre su descubrimiento, terminó cediendo. A cambio de una cantidad modesta (unas pocas decenas de libras esterlinas) Stein se llevó veinticuatro cajones de manuscritos al Museo Británico.

Paul Pelliot llegó al año siguiente, en 1908, y quizá sea, junto con Stein, la figura clave de toda la historia. Pelliot era un sinólogo francés que hablaba chino con fluidez (no todos los exploradores europeos de la época podían presumir de la misma distinción) y dominaba además el tibetano. Durante tres semanas, equipado únicamente con una vela, leyó manuscrito por manuscrito y seleccionó personalmente los mejores: los más raros, los más completos, los más lingüísticamente complejos. Se llevó seis mil documentos que terminaron siendo depositados en la Biblioteca Nacional de Francia. Si Stein compró al peso, Pelliot compró con criterio bibliográfico.

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La famosa foto de Paul Pelliot rodeado de manuscritos en Dunhuang mientras lee a vela. Wikimedia Commons.

A partir de aquí, la historia da un giro notable. Pelliot, de regreso en China, mostró sus adquisiciones a los académicos de Pekín. Estos reconocieron inmediatamente el valor de lo que veían (y la magnitud de lo que se había perdido). La visita de Pelliot, paradójicamente, fue lo que despertó la conciencia china sobre el expolio. El Gobierno ordenó que los manuscritos restantes fueran trasladados a Pekín, aunque en el camino, según distintos testimonios, una parte desapareció en manos de funcionarios corruptos. Después vinieron otros. Sergei Oldenburg, representando al Imperio ruso, en 1914. La misión japonesa del conde Otani Kozui también se llevó su parte. Para cuando los estudiosos chinos llegaron a Dunhuang con autoridad suficiente para poner fin al tráfico, la cueva estaba prácticamente vacía.

No puedo dejar de visitar el que para mí es el protagonista más trágico de esta historia, Wang Yuanlu. Algunos historiadores chinos lo han llamado “traidor”, un hombre que entregó el patrimonio de su nación por un puñado de monedas. Pero ese término peyorativo, como casi siempre, está plagado de matices. Wang no era ignorante del valor de lo que custodiaba. Antes de tratar con los exploradores extranjeros, intentó durante años que las autoridades locales y provinciales prestasen atención a su descubrimiento. Escribió cartas, hizo viajes, pero fue ignorado sistemáticamente. El gobernador provincial al que acudió le dijo, en esencia, que los manuscritos no eran un asunto urgente y que no había fondos para transportarlos.

Cuando Stein apareció con dinero en efectivo y un discurso sobre Xuanzang, Wang vio a alguien que, al menos, entendía la importancia del hallazgo. El dinero que recibió (aunque fuera una suma ínfima) lo invirtió íntegramente en restaurar el complejo de Mogao. Wang se encargó de reparar cuevas, frescos y estatuas. No se enriqueció. Dedicó el resto de su vida a ese lugar. La pregunta que sigue abierta sobre toda la historia de Dunhuang, y que quizás nunca podrá ser respondida con certeza, es ¿qué habría pasado si Wang hubiera guardado los manuscritos bajo llave?

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Panorámica de las cuevas de Mogao por Joseph Needham (1943). International Dunhuang Project.

La caída de la dinastía Qing llegó en 1912. Luego vinieron años de guerra civil, señores de la guerra, invasión japonesa y más guerra civil. Luego la Revolución Cultural, durante la cual miles de textos, monumentos y objetos considerados “feudales” fueron destruidos activamente. Dunhuang, en el extremo más remoto del país, habría estado lejos del centro del caos, pero como he escrito en otra parte, no hubiera sido inmune a él. Es posible que los manuscritos hubieran sobrevivido intactos. También es posible que no hubiera quedado nada. Wang murió en 1931, en las cuevas que había cuidado toda su vida. Jamás supo el alcance real de lo que había encontrado ni de lo que había perdido.

Hoy, los fondos de Dunhuang están dispersos por medio mundo. El Museo Británico conserva la mayor colección fuera de China. La Biblioteca Nacional de Francia guarda los manuscritos seleccionados por Pelliot. El Hermitage tiene los materiales rusos. La Biblioteca Nacional de Pekín y el Museo Nacional de China custodian lo que quedó o fue recuperado. El Musée Guimet, en París, conserva los textiles y pinturas. También hay fragmentos de manuscritos en Tokyo. China ha reclamado repetidamente la devolución de estos materiales, con el mismo argumento que plantean muchos países sobre colecciones adquiridas en el período colonial. Sostiene que fueron tomados sin consentimiento legítimo, que pertenecen al país de origen. Las instituciones europeas responden siempre con el mismo argumento: que sus condiciones de conservación son superiores.

Hay una ironía final que merece ser mencionada. Desde 1994 existe el International Dunhuang Project, una iniciativa de colaboración entre el Museo Británico, la Biblioteca Nacional de China y otras instituciones, cuyo objetivo es digitalizar todos los fragmentos dispersos y cruzarlos en una base de datos común. Los manuscritos que fueron separados hace más de un siglo se están reuniendo, al menos en formato digital, en servidores conectados por internet. Es una forma de reconciliación que Wang Yuanlu no habría podido imaginar.

Referencias
  • Antiguas rutas de Asia Central (2023), Aurel Stein. Ecos de Oriente.
  • Demonios extranjeros en la Ruta de la Seda (1997), Peter Hopkirk. Laertes.
  • Aurel Stein, ¿héroe o villano de la arqueología? artículo publicado en este mismo blog, pero más enfocado en el papel que jugó Stein.
  • Shaping the Sten collection’s Dunhuang corpus, Wang Yuanlu: the first “curator”, Mélodie Doumy (2023), International Dunhuang Project.

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