30 de Junio 2026 por Daniel Jorge

Lectura veraniega: Miguel Strogoff

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Este verano ha comenzado bastante fuerte (¡en cuanto a altas temperaturas!). Así que como remedio parcial al calor, yo prefiero quedarme en casa y perderme en un libro. En los últimos meses he leído bastantes libros de temática de negocio que me han dejado ahíto, y ya deseaba volver a las llanuras de Asia (metafóricamente hablando). Los que siguen el blog, saben que no soy muy dado a la lectura de ficción. No obstante, había una espinita que tenía clavada en cuanto a un autor universal: Julio Verne. Así que en la búsqueda de ese próximo libro que leer, me decidí por Miguel Strogoff. Yo llegué a este libro de una manera un poco tortuosa, y con una confesión de por medio que me cuesta hacer.

La calle que nunca fue una promesa

Durante los primeros seis años de mi vida, viví en una calle que se llamaba Julio Verne. No lo digo con orgullo literario retrospectivo, ni como si aquello fuera un presagio de nada. Lo digo casi como paradoja: crecí en la calle de uno de los escritores más leídos de la historia, y nunca en mi vida había abierto uno de sus libros.

Sí, lo sé. Hay quienes lo considerarían una afrenta cultural. Yo prefiero verlo como una deuda pendiente que, por fin, este verano he comenzado a saldar.

El caso es que, buscando esa lectura ideal para los días largos, me puse a curiosear en la biblioteca de mi padre. Ese lugar sagrado y algo caótico donde conviven los clásicos con los libros de autoayuda, y donde uno siempre encuentra algo inesperado entre los lomos. Y allí estaba: Miguel Strogoff. El título me sonaba. No de haberlo leído, claro, sino de haberlo visto mencionado en algún sitio como una novela que tenía mucho que ver con el Gran Juego, un tema recurrente de este blog. Ese detalle fue suficiente para que lo sacara del estante.

Lo que no esperaba era que, durante su lectura, me encontraría siguiendo el rastro de un viajero real que había recorrido casi el mismo camino que el protagonista de la novela, justo un año antes de que Verne lo escribiera.

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Miguel Strogoff, héroe ruso en Asia central

Publicada en 1876 en dos volúmenes, Miguel Strogoff es una de las novelas más exitosas de Julio Verne. Junto con La vuelta al mundo en ochenta días, representa el mayor éxito comercial de su carrera, y fue tan popular que el propio Verne la adaptó al teatro en 1880, con un espectáculo que llenó el Théâtre du Châtelet de París durante décadas.

La historia arranca en Moscú. El zar Alejandro II recibe noticias alarmantes: los tártaros, encabezados por el kan Féofar y guiados en la sombra por el traidor ruso Iván Ogareff, han invadido Siberia. Las líneas de telégrafo han sido cortadas. El Gran Duque, hermano del Zar y gobernador de Irkutsk, está completamente aislado y no sabe nada de lo que se le viene encima. Alguien debe cruzar el territorio hostil para advertirle.

Ese alguien es Miguel Strogoff, capitán del ejército imperial de treinta años, conocedor como nadie de las estepas siberianas y de sus gentes. Es el hombre que el zar necesita: duro, leal, capaz de soportar el frío a cincuenta grados bajo cero y de desaparecer entre la multitud cuando haga falta.

La misión es sencilla en teoría, casi suicida en la práctica: viajar de Moscú a Irkutsk (unos cinco mil kilómetros) atravesando Siberia en medio de una invasión, sin ser reconocido, bajo una identidad falsa.

En el trayecto, Strogoff encuentra a Nadia Fedor, una joven que viaja para reunirse con su padre en el exilio en Irkutsk, y a dos periodistas que siguen los acontecimientos a su manera: el británico Enrique Blount, corresponsal del Daily Telegraph londinense, y el francés Alcides Jolivet, que informa para un misterioso periódico en Francia. Esta suerte de pareja a lo Hernández y Fernández de Tintín funciona como contrapunto perfecto a la seriedad de hierro de Strogoff.

El viaje avanza a través de paisajes que Verne describe con una precisión geográfica notable: las llanuras de los Urales, los ríos Obi e Irtish, las ciudades de Omsk y Tomsk, el lago Baikal, hasta las puertas de Irkutsk. A lo largo del camino, Strogoff es descubierto por las fuerzas tártaras al encontrarse con su madre en Omsk, capturado, y sometido incluso a torturas.

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Es una novela de acción pura, pero también de lealtad, sacrificio y estoicismo. Strogoff no es un héroe que reflexiona mucho: cumple. Y esa determinación, en el contexto de una Siberia hostil y vasta, resulta magnética.

Una de las características que me ha sorprendido sobremanera es la precisión geográfica de Verne. Los mapas de finales del siglo XIX sobre Asia central contenían muchos espacios en blanco, pero Verne debió haber estudiado a fondo la geografía de la región y también las gentes que la poblaban. La novela respira el aire de su tiempo: la expansión del Imperio ruso hacia el este, la tensión política en Asia central y la sensación de precariedad cuando se viajaba distancias tan largas con medios muy modestos.

Victor Meignan: el auténtico viajero

Aquí es donde la historia se pone interesante.

Mientras leía Miguel Strogoff, no pude sino volver a acordarme a un conocido de Ecos de Oriente: Víctor Meignan. Éste fue un viajero francés nacido en 1846 que, en el invierno de 1875, decidió hacer algo que a sus amigos les pareció una locura: pasar el invierno en Siberia y continuar después hacia Pekín a través de Mongolia y el desierto de Gobi.

El relato de ese viaje lo publicó en 1875 (un año antes de que apareciera Miguel Strogoff) bajo el título De Paris à Pékin par terre: Sibérie-Mongolie. Yo tuve el placer de traducir y publicar este libro, que titulé en español De París a Pekín a través de Siberia.

Meignan partió de París, atravesó Berlín, soportó una molesta inspección en la aduana rusa, llegó a San Petersburgo, cruzó Moscú (donde compró las pieles adecuadas para el frío que le esperaba) y se internó en Siberia en trineo por los caminos helados. Su ruta pasó por Nizni Nóvgorod, siguió por el Volga congelado y fue adentrándose hacia el este, hacia esa inmensidad que los rusos llaman la “Madre Tierra”.

El paralelismo con el viaje de Strogoff es llamativo. Ambos salen de Moscú. Ambos cruzan los Urales y se internan en Siberia occidental. Ambos atraviesan las mismas ciudades (Omsk, Tomsk) y enfrentan las mismas condiciones: el frío extremo, los relevos de caballos en las postas, los caminos que en invierno se convierten en superficies de hielo y en verano en lodazales impracticables. Meignan viajaba en trineo en pleno invierno, exactamente como preferiría hacerlo el propio Strogoff según nos cuenta Verne.

Meignan no era, además, un viajero cualquiera. Su libro está lleno de observaciones sobre la vida real de Siberia: el comercio en Tomsk, las minas de oro en el Transbaikal, la burocracia zarista con sus podarojnaia (documentos de tránsito sin los cuales no se podía mover nadie), la vida en las postas de caballos, los campesinos siberianos, los buriatos. Es un retrato denso y riguroso, muy diferente del uso dramático que Verne hace del mismo paisaje.

Y aquí viene la pregunta que me rondó toda la lectura: ¿se conocían Meignan y Verne? ¿Leyó Verne el relato de Meignan?

La cronología lo hace posible, aunque no hay prueba directa de ello. Meignan viajó a Siberia en el invierno de 1875. Verne tenía el manuscrito de Strogoff terminado (o muy avanzado) ese mismo año: se sabe que su editor lo envió a Iván Turguénev en agosto de 1875 para su revisión. Ambos libros aparecieron en 1876. Es perfectamente posible que Verne conociera el proyecto de Meignan o incluso que Meignan le contara de viva voz lo que había visto. También es posible que simplemente Verne se documentara con otros relatos de viajeros por Siberia y que la coincidencia sea lo que parece: dos franceses fascinados por el mismo territorio gigantesco, al mismo tiempo.

Lo que sí parece seguro es que Verne se apoyó en relatos de viajeros reales para construir la geografía de su novela. El detalle con el que describe Omsk, el Irtish, el lago Baikal o la ruta de postas entre Ekaterimburgo e Irkutsk no es el de alguien que lo inventó: es el de alguien que leyó mucho y bien.

Dos historias con el mismo horizonte

Lo que me quedo de esta coincidencia (o vínculo, si lo fue) es algo que va más allá de la anécdota bibliográfica.

Meignan y el ficticio Strogoff representan dos formas de enfrentarse al mismo espacio: el viajero que observa y el mensajero que actúa. Meignan quería entender Siberia, corregir los clichés occidentales sobre ella, mostrar sus ciudades comerciales y sus riquezas mineras. Strogoff quería cruzarla sin ser detectado.

Tardé cuarenta años en leer a Julio Verne. Viví seis en su calle sin abrir un solo libro suyo. Pero a veces las deudas se pagan con intereses: no solo leí la novela, sino que acabé siguiendo el rastro de un viajero real que la precede y la ilumina, y preguntándome si los dos hombres (el escritor y el explorador) se cruzaron alguna vez en algún salón parisino, hablando de trineos, de fríos imposibles y de esa tierra enorme que los dos, a su manera, querían hacer comprensible para quienes nunca se atreverían a ir.

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Después de esta lectura, Miguel Strogoff ha regresado a los estantes de la biblioteca de mi padre, esperando a que el siguiente lector le encuentre su significado único y personal. El mío fue este: que a veces los mejores viajes empiezan en una biblioteca, y que cuarenta años de retraso no son, necesariamente, demasiado tarde.

Referencias

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