15 de Febrero 2026 por Daniel Jorge

Wilhelm Joest y los Ainu

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Introducción

El etnógrafo y explorador alemán Wilhelm Joest (1852-1897) alcanzó reconocimiento académico por su trabajo como observador y escritor de las costumbres de los ainu a finales del siglo XIX, y contribuyó así a la primera bibliografía europea sobre este pueblo indígena. Este artículo explora la trayectoria vital de Joest que le llevó a entablar un contacto íntimo con dicha cultura.

Wilhelm Joest creció en unas circunstancias privilegiadas como nieto del acaudalado fabricante de azúcar Carl Joest, circunstancias que más tarde le permitirían hacer realidad su sueño de viajar e investigar. Tras asistir al Friedrich-Wilhelm-Gymnasium de su ciudad natal y una breve participación como voluntario en la Guerra Franco-Prusiana, el joven se dedicó a las ciencias.

Joest estudió ciencias naturales y lenguas en las prestigiosas universidades de Bonn, Heidelberg y Berlín, una formación que sentó las bases de su posterior carrera como etnógrafo. A diferencia de muchos de sus contemporáneos que siguieron caminos académicos convencionales tras sus estudios, Joest se vio impulsado por una insaciable sed de conocimiento y de aventura. Gracias a la fortuna familiar, Joest logró cumplir el sueño de su vida: viajar por el mundo y estudiar a sus pueblos.

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Gran Viaje Asiático

De 1879 a 1881, Joest emprendió una extensa expedición de investigación por el sur y el este de Asia. Su ruta lo llevó desde Ceilán (actual Sri Lanka), a través de la India, hasta el Himalaya. Incluso acompañó al ejército británico durante la Segunda Guerra Anglo-Afgana, una peligrosa empresa donde demostró su espíritu aventurero.

El viaje continuó por Birmania y Siam, donde se sumergió en las culturas locales. En el archipiélago malayo, estudió a los habitantes de Borneo, Ceram y Sulawesi, recopilando objetos etnográficos y tomando notas detalladas sobre lenguas, costumbres y formas de vida. Sus viajes también lo llevaron a Formosa (Taiwán), donde convivió con tribus indígenas y estudió su cultura.

El punto culminante del viaje asiático de Joest fue, sin duda, su estancia en Japón, concretamente en la isla principal más septentrional del archipiélago, Ezo. Pasó un tiempo considerable con los ainu, ese misterioso pueblo en gran parte desconocido en Occidente por aquel entonces. La isla, conocida hoy como Hokkaido, aún se conocía con frecuencia por su antiguo nombre, Ezo o Yesso, un término que, desde la perspectiva de los japoneses étnicos, designaba las “tierras bárbaras” del norte.

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Mapa de Japón y la península de Corea de 1797, por el italiano Giovanni Maria Cassini. Nótese el nombre de Jeso-Gasima, corrupción del japonés Ezogashima (isla de Ezo). Fuente: Oldmapsonline.org

Los ainu eran considerados el pueblo indígena de las islas del norte de Japón, que tradicionalmente vivían como cazadores y pescadores. Despertaban especial interés para los etnógrafos europeos de la época porque su apariencia era significativamente diferente a la de los japoneses: los hombres ainu llevaban barbas distintivas y las mujeres se adornaban con tatuajes característicos alrededor de los labios.

En aquella época, el interés occidental por los ainu era especialmente pronunciado e idealizado. En Alemania, también se persiguió intensamente la idea de que los ainu podrían representar un “eslabón perdido” entre los pueblos “asiáticos” y “europeos”, una hipótesis que ahora se reconoce como poco científica, pero que alimentó el interés etnográfico de la época.

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Retrato de dos ainus de las islas Sajalín, por el viajero polaco Bronisław Piłsudski. Wikimedia Commons

Joest llegó a Hokkaido en 1881, en un momento histórico significativo. Desde la década de 1870, el gobierno central japonés había emprendido una agresiva política de colonización: los ainu fueron expulsados ​​de sus tierras y obligados a adoptar un estilo de vida agrícola japonés sedentario. La lengua y las costumbres ainu fueron rechazadas por “incivilizadas”, y los niños debían asistir a las escuelas públicas recién establecidas para acelerar su asimilación como súbditos imperiales japoneses.

Durante este período de transición, Joest aún pudo experimentar una cultura ainu que, aunque ya sometida a una enorme presión, aún conservaba muchos de sus rasgos tradicionales. Documentó su forma de vida, recopiló objetos etnográficos y realizó registros que más tarde resultarían de gran valor científico.

En 1881, Joest viajó desde Vladivostok, atravesando Manchuria, Mongolia y Siberia, de regreso a Alemania. Esta aventurera ruta por las interminables extensiones de Siberia marcó la culminación de su gran viaje asiático. Tras su regreso, Joest se dedicó a procesar sus experiencias y a hacerlas accesibles a un público más amplio.

En 1882, se publicó su libro Aus Japan nach Deutschland durch Sibirien (De Japón a Alemania a través de Siberia), que se convirtió en un éxito de ventas. Joest poseía el excepcional don de escribir tanto para el público científico como para el público general interesado. Sus vívidas descripciones de los ainu y otros pueblos que conoció en sus viajes tuvieron una gran acogida. Publicó diarios detallados, informes que envió a periódicos a lo largo del camino, relatos de viajes, cartas y textos académicos meticulosamente investigados.

De la colección de Joest, se han conservado algunos objetos ainu que ahora se encuentran en el Museo Rautenstrauch-Joest, ubicado en Colonia. Estos objetos, que incluyen prendas tradicionales, objetos cotidianos y artefactos rituales, constituyen un recurso importante para el estudio de la cultura ainu del siglo XIX.

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Attush, indumentaria ainu, tejida con fibras de corteza de árboles provenientes de árboles nativos de Hokkaido. Museo Rautenstrauch-Joest

Su extensa colección etnográfica, compuesta por aproximadamente 3400 objetos, pasó a su hermana, Adele Rautenstrauch, tras su fallecimiento en 1897. Ella la donó a la ciudad de Colonia en 1899. La colección sirvió de base para la fundación de dicho museo en 1901. De este modo, Joest dejó no solo conocimientos científicos, sino también un legado material que continúa ofreciendo a académicos y visitantes interesados ​​una visión de las culturas pasadas.

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Chaleco sin mangas ainu. Museo Rautenstrauch-Joest

Como en la gran mayoría de personajes que aparecen este blog, Wilhelm Joest fue un producto de su tiempo: un explorador del siglo XIX cuyo trabajo estuvo inextricablemente ligado al imperialismo y el colonialismo europeos. Su metodología como explorador y su ideal del viajero moldearon su comprensión de otras culturas racializadas en un contexto imperial.

Sin embargo, su obra merece atención hoy en día. Dejó tras de sí diarios, cartas y ensayos que dan testimonio de sus viajes, sus adquisiciones y sus actitudes. Su encuentro con los ainu documenta un momento histórico: el encuentro entre un etnógrafo europeo y un pueblo indígena que estaba en proceso de perder su autonomía e identidad cultural. Los registros y colecciones de Joest no son solo documentos científicos hoy en día, sino también testimonios de un estilo de vida desaparecido y recursos importantes para los descendientes de los ainu, quienes ahora luchan por revitalizar su cultura.

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Hoxchiri, amuleto ainu. Amuletos de este tipo se anudaban en el cabello de la frente de los niños varones. Museo Rautenstrauch-Joest

Wilhelm Joest murió joven, con tan sólo 45 años, en un viaje a las Islas Banks en el Pacífico Sur. Pero su legado perdura: en las colecciones de museos, en sus escritos y en la memoria de un hombre que dedicó su vida a explorar y comprender la diversidad de las culturas humanas.

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